Hidratación en invierno:
por qué no sientes sed pero igual la necesitas
El invierno tiene una manera silenciosa de engañar al cuerpo. Cuando bajan las temperaturas, la sensación de sed disminuye de forma significativa y muchas personas interpretan eso como una señal de que ya están bien hidratadas. La fisiología dice lo contrario.
Lo que el frío le hace al mecanismo de la sed
Cuando baja la temperatura, los vasos sanguíneos se contraen para conservar calor, un mecanismo que reduce la señal interna de sed, aunque el cuerpo siga perdiendo agua a través de la respiración, la piel y el metabolismo diario. A esto se suma un fenómeno fisiológico específico del frío: a medida que el cuerpo se enfría, la pérdida de agua a través de la orina aumenta debido a una mayor frecuencia de micción, respuesta conocida como diuresis inducida por el frío.
El resultado es una paradoja: el cuerpo pierde más líquidos de lo habitual, pero la señal de alerta —la sed— llega más tarde o directamente no llega.
Más fuentes de pérdida de las que parecen
El sudor no es la única vía de pérdida de agua. En climas fríos se producen pérdidas adicionales como consecuencia del aumento en la orina y el agua respiratoria. La pérdida de agua respiratoria diaria normal es de entre 250 y 350 mL/día, aunque la cifra real varía según las condiciones ambientales. A esto se suma el efecto de los ambientes cerrados con calefacción: el aire seco, la calefacción y la mayor incidencia de infecciones respiratorias favorecen la evaporación de agua a través de la piel y las vías respiratorias.
Las consecuencias de una deshidratación leve
La deshidratación en invierno no suele ser severa ni dramática —y precisamente por eso pasa desapercibida. Pero incluso en grados moderados, sus efectos son concretos. Estudios han demostrado que una reducción del 1 al 2% en el peso corporal debido a la pérdida de agua puede afectar significativamente la función cognitiva, especialmente en niños y adultos mayores. A nivel práctico, eso se traduce en dificultad para concentrarse, fatiga, dolores de cabeza y cambios en el estado de ánimo —síntomas que en invierno suelen atribuirse a otros factores.
La deshidratación en esta época puede provocar fatiga, dificultad para concentrarse, piel seca y, en casos más severos, complicaciones renales.
Grupos con mayor riesgo
En los niños pequeños, la señal de sed suele ser tardía o difícil de expresar. En adultos mayores, la sensación de sed disminuye por cambios fisiológicos, a lo que puede sumarse el miedo a la incontinencia, lo que provoca que beban menos líquidos de lo necesario.
Cómo hidratarse en invierno sin forzar el agua fría
La buena noticia es que en invierno la hidratación tiene aliados naturales. Las infusiones de hierbas, los caldos caseros, las sopas y las frutas de temporada —especialmente los cítricos— contribuyen al balance hídrico diario. Los especialistas aconsejan mantener una ingesta regular de líquidos a lo largo del día, incluso en ausencia de sed, y aumentar el consumo de alimentos ricos en agua como frutas, caldos y verduras de temporada.
Un indicador práctico y confiable del estado de hidratación es el color de la orina: debe ser clara y abundante. Si es oscura, el cuerpo está enviando una señal que conviene atender, aunque no haya sensación de sed.
No sentir sed en invierno no significa no necesitar agua. Significa que el cuerpo, ocupado en conservar calor, dejó de recordárnoslo.
Fuentes:
- Cátedra Internacional de Estudios Avanzados en Hidratación (CIEAH–ULPGC) https://cieah.ulpgc.es/es/hidratacion-para-el-rendimiento-deportivo-guia-practica
- https://www.hydrationforhealth.com/es/educacion-y-herramientas/
- European Hydration Institute https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/26290300/